domingo, 8 de marzo de 2026

 VOCES entre VOCES

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LA PRIMERA VÍCTIMA DE LA GUERRA ES SIEMPRE LA VERDAD.

2 poemas de Tiempos mágicos, de Mario Obrero

25 Abr 2024

Laura di Verso

 

Pocos poetas han tenido un ascenso tan meteórico como Mario Obrero. Empezó a escribir a los siete años y ahora, superados los 20, su palmarés cuenta con algunos de los galardones más prestigiosos del sector, con el Premio Nacional de Juventud y el Premio Loewe, entre otros. Ahora presenta un nuevo poemario.

En Zenda reproducimos cinco poemas de Tiempos mágicos, de Mario Obrero (La Bella Varsovia).

***

TODO TIENE TANTAS PALABRAS

tanto dice en sus arrugas

habla todo y murmulla tanto

también lo que no sabe

con tactos los labios andan su destino

el cielo y las almohadas

la raigambre meñique de los sucesos

todo parlotea en alta y baja voz

inconmensurables sus lenguas

invisibles los habitamos.

***

CRECEN LAS VERTEBRAS COMO SERRÍN EN LA DERROTA

nos dimos la mano toda sucia en cruces de caravaca

¿somos novios? si no respondes guarda el secreto

a tus seis hay otra falda pálida de encías

dios así lo quiso y tan solo de mirarnos se fundó la

dinastía obrera

luego vinimos una tras otra a depositar nuestro

pan en el sueño de los mirlos

nuestra confianza nostálgica en las izquierdas

anthós aquel que porta flores

carmina el poema y el jardín

se relevan en su canto los días como la llegada de

un diluvio

irremediable la partitura de cuantas aves auspician

volver                 volver                 volver

regresar como los lúcidos alfeizares cargados de sal

y lombrices

participio cantando en las mesas

pólvora ensimismada en sus cunas de polvo

tendederos de la inmensidad

allá donde amas de casa.

—————————————

Autor: Mario Obrero. Título: Tiempos mágicos. Editorial: La Bella Varsovia. VentaTodostuslibros.

BIO

Mario Obrero nació en Madrid en 2003, y comenzó a escribir a los siete años. Ha publicado los libros Carpintería de armónicos (XIV Premio de Poesía Joven Félix Grande; Universidad Popular José Hierro, 2018), Ese ruido ya pájaro (Ediciones Entricíclopes, 2019), Peachtree City (XXXIII Premio Loewe a la Creación Joven; Visor, 2021), Cerezas sobre la muerte (La Bella Varsovia, 2022; Premio Nacional de Juventud 2023 en la categoría de cultura) y Tiempos mágicos (La Bella Varsovia, 2024). Cursó Bachillerato de Humanidades en el instituto público La Senda, de Getafe. Presentó las dos primeras temporadas del programa literario Un país para leerlo, emitido en La 2, y colabora habitualmente con RNE.

Mario Obrero. FOTO: Juan Manuel Serrano Arce.


https://www.zendalibros.com/2-poemas-de-tiempos-magicos-de-mario-obrero/

TEMAS TERTULIA 13-3-2026

REALIDAD

SOMBRAS

MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.


TEXTOS TERTULIA 6-3-2026

CLAVELES

RUMORES

MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.

Colaboración gráfica: Victoria Blanco.

CLAVELES

HOY ESTÁIS SECOS

Ramiro era un “tumbao” por voluntad propia, un hombre que, ya cansado, había decidido que se tumbaba, en la cama si la había, y que de ahí no le movía nadie, un fenómeno muy curioso que se ha dado en varias culturas.

La familia, en casos como el de Ramiro, podía decidir si cuidarle o no, con todo lo que conllevaba, y casi siempre era sí.

Ramiro, harto de la vida y agotado por la misma, había decidido renunciar, después de tantas eternas jornadas de sol a sol en el campo, de sueños de cuero y mil noches de hambre. Creía tener, y sin duda tenía, derecho a tal renuncia.

En la cama sobre la que cayó, quedó, y fue su hermana Berta la que cargó sobre sí la responsabilidad de mantenerle con vida, tal vez como pago por aquellas veces, tantas, en que él le había regalado parte del pan negro de centeno con que consolaban el hambre durante la infancia.

 En el entorno de Ramiro sólo hubo, durante años que llegaron a ser lustros, sólo un ser vivo además de su hermana: una maceta con claveles al lado de su mesilla, a la que saludaba cada mañana y con la que hablaba en silencio más a menudo de lo que hubiera recomendado cualquier psicólogo.

Pasó el tiempo, que fue convirtiendo a Ramiro y Berta en ancianos, llenando ella su vacío con el vacío de la televisión y enclaustrado él en un mundo en el que, al fin, tenía tiempo para convertirlo en su tiempo, “tiempo para cavilar”, como le gustaba decirse a si mismo.

 Una mañana, tras esperar más de una semana la comida que ya nunca llegaría, Ramiro se incorporó en la cama para observar, al otro lado del pasillo, el cuerpo inerte de su hermana, que yacía allí desde hacía días, víctima de un infarto. Volvió lentamente la vista hacia la maceta de claveles, también agonizantes por falta de riego, y no pudo contener el llanto, un llanto amargo y prolongado, que consiguió arrancar de su cuerpo el poco agua que aún contenía. Se miró las manos, aún callosas a pesar de los años de inactividad, y vio como las lágrimas se escurrían por su rostro y se acumulaban en el cuenco de sus palmas.

 Lloró hasta secar su cuerpo, hasta purgar el último dolor, la última pena de cuantas había arrastrado en su vida, lloró por su hermana, por todas y cada una de las personas que habían compartido con él parte de sus vidas, lloró por la miseria implacable que convierte tantas vidas en miseria tan sólo.

 Sintió, al fin, un enorme alivio que hizo desaparecer hasta la sensación de hambre, volvió su vista nuevamente hacia la maceta de claveles, observó el diminuto charco que sus lágrimas habían formado en sus manos, y regó con él la reseca tierra de la maceta. “Hoy estáis secos”, dijo, y volvió a tumbarse y cerrar los ojos, esta vez para siempre.

Nekovidal – nekovidal@gmail.com

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RUMORES


Pocas palabras existen cuyo plural tenga un significado absolutamente diferente a su singular; así, en mesa y mesas, espejo y espejos, boca y bocas, como en otras muchas, solo es cuestión de cantidad. Pero ¡ay, el rumor! Qué distinto el rumor del mar, amable y delicado, a los rumores que emiten las malas lenguas.

Rumores son esos chismes que sobre otra persona se cuentan sottovoce y expeliendo mal aliento. Sé, mejor dicho, mi cabeza sabe que los rumores pertenecen a los débiles, que nadie digno y capaz dedicaría parte de su tiempo a murmurar vidas ajenas; pero mi barriga no se da cuenta y a veces se rebela contra ellos como si de seres provechosos se tratara.

Ninguno de nosotros sabe las batallas que está librando la persona que tenemos cerca, nadie lleva más zapatos que los propios, ni siente como siente un otro los dolores y las alegrías; pero en ocasiones, sin saberlo, algo que hacemos, tenemos o decimos genera molestia o envidia en alguien que, en lugar de hablar y resolver, decide que la mejor manera de solucionar su propia incomodidad emocional es rumorear para desacreditarnos. Y lo consigue, vaya si lo consigue. Eso sí, solo con quienes están dispuestos a prestar atención.

También sabe mi mente -aunque mis tripas titubeen- que las habladurías no deberían afectarnos, que quien las escucha mejor cuanto más lejos, que el problema es del que critica y no del criticado, que, que, que… Pero es que los rumores dejan tantos muertos por descrédito que decididamente me decanto por la calidad y la nobleza del singular, aunque sea pegando el oído a una caracola del mar.

06/marzo/2026 – Vicki Blanco para «VOCESentreVOCES»


RUMORES

Hoy sólo te quiero compartir una historia que quizás ya hayas oído alguna vez, pero que nunca está de más recordarla.

Cuentan que una vez llegó a una pequeña aldea un circo con un elefante.

Nadie en aquel lugar había oído hablar ni había visto jamás a un elefante, por lo que se generó una gran expectación.

El animal estaba oculto en una gran carpa, y enseguida empezaron a vender entradas para entrar a conocerlo, pero eso sí: a oscuras.

Los distintos habitantes del pueblo fueron entrando a la carpa uno tras otro. 

El primero tocó la trompa. 

El segundo, dio con el rabo. 

El tercero, con una oreja. 

El cuarto, con una pata. 

Y así sucesivamente.

Al día siguiente, cuando se sentaron a comentar cómo era aquel exótico animal que habían traído a la aldea, cada uno tenía una percepción distinta:

Para el que había tocado la trompa, el elefante era un ser similar a una gruesa serpiente.

Para el que había tocado el rabo, lo describía como una cuerda.

Para el que había sentido la oreja, le pareció como un gran abanico.

Para el que había topado con una pata, el elefante le parecía una gruesa columna.

[...]

Si vieras a estas personas desde fuera comenzar a discutir entre ellas tratando de defender su versión de la realidad (o sea: "tener razón"), ¿qué te parecería?

¿Tan difícil es comprender que sólo somos capaces de percibir una pequeña porción de la realidad en nuestra vida y en nuestro mundo?

Realmente, es "comprensible" que para el que había percibido al elefante como una cuerda, le resultara asbolutamente inconcebible que le dijeran que era como una gran columna.

Pero quizás ahí está el quid de la cuestión.

Que algo nos resulte inconcebible, no significa que sea imposible.

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MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.



Las neuronas que "apagan" el miedo: el camino para tratar el trauma

? Un nuevo hallazgo en neurociencia identifica un circuito cerebral capaz de facilitar la extinción del miedo aprendido


El trauma no se mantiene porque el cerebro recuerde demasiado, sino porque no consigue actualizar la señal de peligro cuando la amenaza ya ha desaparecido. Un reciente estudio ha identificado un grupo concreto de neuronas implicadas en este proceso de “desaprender el miedo”. Comprender cómo funciona este mecanismo abre una vía prometedora para mejorar los tratamientos del estrés postraumático y otros trastornos de ansiedad, y para entender por qué a veces el miedo persiste incluso cuando la razón nos dice que estamos a salvo. 

 Pol Bertran

Las neuronas que enseñan al cerebro a olvidar el miedo


Durante décadas, el tratamiento del trauma psicológico ha girado en torno a una idea aparentemente simple: ayudar al cerebro a recordar sin miedo aquello que antes era insoportable recordar. Terapias como la exposición funcionan precisamente así: reintroducen de forma segura un estímulo asociado al trauma hasta que el sistema nervioso aprende que ya no representa una amenaza.

Ahora, un nuevo estudio en neurociencia ha identificado un circuito neuronal concreto que parece desempeñar un papel clave en este proceso. No se trata exactamente de “borrar recuerdos traumáticos”, algo que la ciencia aún está lejos de conseguir, sino de algo mucho más interesante: las neuronas que permiten desaprender el miedo asociado a esos recuerdos.

Este hallazgo abre una puerta importante para comprender mejor trastornos como el estrés postraumático (PTSD), donde el problema no es que el cerebro recuerde demasiado… sino que no consigue actualizar ese recuerdo cuando el peligro ya ha desaparecido.

 El problema del miedo que no se apaga

El miedo es una herramienta evolutiva extraordinariamente eficaz. Si un ser humano primitivo sobrevivía a un ataque de un depredador cerca de un río, recordar ese lugar como peligroso aumentaba enormemente sus probabilidades de seguir con vida. El cerebro está diseñado precisamente para eso: asociar estímulos con amenazas y reaccionar rápidamente en el futuro.

El problema aparece cuando ese mecanismo se vuelve demasiado rígido. En el trastorno por estrés postraumático, por ejemplo, un estímulo neutro (un sonido, un lugar, un olor) puede activar una respuesta de alarma intensa mucho tiempo después de que el peligro haya desaparecido. La memoria del evento traumático sigue ahí, pero lo que falla es la capacidad del cerebro para recalibrar la señal de amenaza.

Desde el punto de vista neurológico, este proceso se conoce como extinción del miedo. No implica borrar el recuerdo, sino superponer una nueva información: que aquello que antes fue peligroso ya no lo es. Es un aprendizaje nuevo que compite con el anterior. Por eso las terapias basadas en exposición, utilizadas en fobias y PTSD, consisten en enfrentarse repetidamente al estímulo temido en un entorno seguro. Con el tiempo, el cerebro aprende que puede relajarse. El nuevo estudio se centra precisamente en entender qué neuronas hacen posible ese proceso.

 Un circuito cerebral clave para desaprender el miedo

Los investigadores se fijaron en una región del cerebro llamada bed nucleus of the stria terminalis (BNST), una estructura profundamente implicada en la regulación de la ansiedad sostenida. Dentro de esta zona, observaron un grupo específico de neuronas que producen una molécula conocida como CRF (corticotropin-releasing factor), relacionada con la respuesta al estrés.

Lo interesante es cómo estas neuronas interactúan con el sistema de serotonina, uno de los principales sistemas neuroquímicos implicados en la regulación emocional. Muchos tratamientos farmacológicos para la ansiedad y el PTSD, como los conocidos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), actúan precisamente sobre este sistema.

Sin embargo, estos fármacos tienen un efecto curioso: durante las primeras semanas de tratamiento, muchas personas experimentan un aumento temporal de la ansiedad. Durante años se ha intentado entender por qué ocurre esto.

La investigación sugiere que uno de los responsables podría ser un tipo concreto de receptor serotoninérgico llamado 5-HT2C. Estos receptores, presentes en la región BNST, parecen influir directamente en cómo el cerebro procesa y extingue el miedo aprendido.

Para estudiar el fenómeno, los científicos utilizaron ratones modificados genéticamente que carecían de este receptor. Los resultados fueron llamativos: estos animales mostraban una mayor facilidad para extinguir el miedo, aunque aprendían el miedo inicial de forma normal. Es decir, el problema no estaba en aprender que algo era peligroso, sino en lo fácil que era desaprenderlo.

 Encender y apagar neuronas para borrar el miedo

Para profundizar más en el mecanismo, los investigadores utilizaron una técnica llamada quimiogenética, que permite activar o desactivar grupos específicos de neuronas mediante moléculas diseñadas para ese propósito.

Cuando activaban las neuronas CRF del BNST en ratones normales, el proceso de extinción del miedo se volvía más eficaz. Por el contrario, cuando desactivaban esas neuronas en los ratones modificados genéticamente, la capacidad para desaprender el miedo se deterioraba.

En otras palabras, los científicos consiguieron modular el proceso de extinción del miedo en ambas direccionessimplemente controlando la actividad de este pequeño grupo de neuronas. Esto es importante porque demuestra algo fundamental: la extinción del miedo no es un proceso difuso en el cerebro, sino que depende de circuitos específicos que pueden ser identificados y potencialmente modulados.

 Qué significa esto para el tratamiento del trauma

Aunque estos experimentos se han realizado en modelos animales, el hallazgo ofrece pistas prometedoras para el futuro del tratamiento del PTSD y otros trastornos relacionados con la ansiedad.

Hoy en día, el tratamiento suele combinar dos herramientas principales: psicoterapia (especialmente terapias basadas en exposición) y farmacoterapia, en particular fármacos que modulan la serotonina. Sin embargo, estos tratamientos no siempre funcionan igual para todos los pacientes, y muchas personas continúan experimentando síntomas incluso después de años de intervención.

Comprender qué circuitos neuronales permiten que el cerebro actualice la señal de peligro podría ayudar a diseñar terapias más precisas. En el futuro, por ejemplo, podrían desarrollarse fármacos que modulen específicamente estos receptores serotoninérgicos o la actividad de estas neuronas durante el proceso terapéutico.

También abre la puerta a estrategias combinadas. Si sabemos qué circuitos facilitan la extinción del miedo, podríamos intentar potenciar su actividad justo cuando una persona está realizando terapia de exposición, aumentando así la eficacia del tratamiento. Este enfoque encaja con una tendencia creciente en neurociencia clínica: pasar de tratamientos generales a intervenciones más dirigidas a circuitos concretos del cerebro.

 El cerebro no borra el trauma, pero puede reescribir el miedo

Uno de los aspectos más interesantes de esta investigación es que refuerza una idea que los psicólogos llevan años defendiendo: el cerebro humano es profundamente plástico. Los recuerdos traumáticos no desaparecen. Pero el significado emocional que el cerebro les atribuye puede cambiar. El miedo no es un interruptor permanente, sino un aprendizaje que puede ser modificado.

Cuando una persona supera una fobia o consigue convivir con un recuerdo traumático sin que este domine su vida, no ha borrado el pasado. Lo que ha hecho es construir una nueva red de asociaciones neuronales que compiten con la memoria original.

El descubrimiento de estos circuitos cerebrales implicados en la extinción del miedo nos recuerda algo importante: incluso en los trastornos más devastadores, el cerebro conserva una capacidad sorprendente para adaptarse. Y quizá el futuro de la psicología clínica pase precisamente por eso: aprender a ayudar al cerebro a recordar sin volver a sentir el mismo miedo.


 

 






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