VOCES entre VOCES
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LA PRIMERA VÍCTIMA DE LA GUERRA ES SIEMPRE LA VERDAD.


La
piel mineral de los tiranos
Envuelve el
espacio
Alisa sus
escamas
Sobre las
ciudades avaras de puertas
Sobre las
bocas enyesadas
Sin embargo
más
desnuda que la hierba
y preñada
de primavera
LA VIDA
Trama a lo
lejos la debacle de los ídolos
Reanima el
destello del agua
Sobre las
tinieblas de la sangre
.............................................................................
Sin embargo
más
desnuda que rayo
cargado de
albas y de soplos
LA VIDA
Denuncia
los festines del miedo
Condena las
noches en arma
Y nombra
para
estremecer de dulzura
todos
nuestros claros inconfesados
Nombra la
palabra abierta.
¡Respira!
Respira ya
en cada uno.
Andrée
Chedid, incluido en Diwan
africano. Poetas de expresión francesa
(Editorial
Arte y literatura, La Habana, 1988, selec. y trad. de Rogelio
Martínez Furé).
Otros
poemas de Andrée Chedid
Comunicado
(II),
Discordancias,
El
aparte, Vivir
FUENTE:
https://franciscocenamor.blogspot.com/
TEMAS
TERTULIA 9-10-2026
HUECOS
Y ESPACIOS
PENSANDO
MICRORRELATOS,
AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.
Colaboración
gráfica: Victoria Blanco.
TEXTOS
TERTULIA 2-10-2026
OLORES
Y PERFUMES.
CIRCUNSTANCIAS.
MICRORRELATOS,
AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.
OLORES
Y PERFUMES
Cuenta
la leyenda que en aquel reino, del que hoy sólo quedan restos de
alguna muralla en otro tiempo inexpugnable, cierto rey, tras reunir
en una colección todos los perfumes que los mortales habían creado,
oyó hablar de una esencia destilada por los dioses, de la que se
decía que era el verdadero olor de la sabiduría, el olor que
concedía a quien lo captara la posibilidad de conocer todas las
respuestas a todas las preguntas. Obsesionado con su nuevo propósito,
redactó el rey un bando ofreciendo poder y fortuna a quien lo
encontrara y llevara a su presencia.
Entre
los tentados por la oferta se encontraba un joven y ambicioso monje,
que se presentó ante su maestro a fin de solicitar su permiso y
bendición para la empresa que se había propuesto iniciar.
El
monje expuso las que decía eran las razones que le impulsaban a
emprender el viaje: dinero para restaurar el viejo monasterio y
alimentos para los peregrinos que cada día acudían a sus puertas.
Nada dijo del reconocimiento y poder personal que esperaba conseguir.
El
maestro, conocedor de la naturaleza humana, le dejó partir,
sustituyendo su bendición por un consejo: “Cuidate de no acabar
buscando cuanto ya tienes, exponiéndote a perderlo en el camino”.
El
joven monje partió exultante, creyendo que las palabras del maestro
eran un elogio hacia su persona.
Como
todos los demás hombres que salieron en busca de la mágica esencia,
el monje pasó mil penurias, tomó mil caminos errados y pensó en
desistir en varias ocasiones.
Cierto
día, tras una larga marcha, se encontraba descansando a la sombra de
unos sauces, cuando se le acercó un anciano que, tendiéndole un
pequeño recipiente, le dijo: “Sé lo que buscas. Es esto, tómalo.”
Asombrado,
el monje abrió el frasco con la intención de oler inmediatamente la
esencia que muy posiblemente transformarían en insignificantes todas
las recompensas ofrecidas por el rey, pues poseyendo sabiduría
tendría, entre otras muchas cosas, una enorme fortuna. Comprobó
decepcionado que dentro del recipiente no había nada, y a nada olía
su interior. Se sintió engañado, a pesar de haber sido un regalo,
pero el suceso le dió base para crear una fábula que le sirviera de
disculpa ante su maestro por abandonar una búsqueda que ya creía
baldía.
Regresó
a su monasterio y fingiendo alegría al presentarse ante su mentor,
le narró lo sucedido, pero omitiendo que ya había abierto el
frasco.
“Abrámoslo,
maestro, y seremos los hombres más sabios del mundo”, dijo, al
tiempo que quitaba el tapón sin esperar la respuesta.
Aparentando
sorpresa tendió a su maestro el pequeño frasco: “No hay nada ...”
dijo.
“Luego
has conseguido tu objetivo, ése es el verdadero olor de la
sabiduría”, respondió el anciano.
El
monje, sorprendido ante la respuesta, esperó boquiabierto la
explicación del anciano:
“La
esencia de la sabiduría ha de ser por todos admitida como tal, y
sólo será posible si coincide con un concepto en que todos
coincidan, y sólo en la nada coinciden las personas, que guardan en
su naturaleza la paradoja de ser iguales pero irrepetibles, idénticas
en su esencia pero únicas en sus vivencias. El olor de la sabiduría
ha de ser un aroma que evite el juicio, pues habiendo juicio hay
prejuicio, y ambos conducen al dolor”.
Y
prosiguió: “Ha de saber, pero no ha de juzgar, ha de enseñar sin
reprender, ha de amar sin condición, ha de estar en todo pero no ser
nada, siendo así eterno . . . Por todo ello sólo en la ausencia de
olor se puede encontrar el perfume perfecto, la esencia de la
sabiduría . . .”
Y
leyendo en la sorprendida mirada del alumno cuanto realmente había
sucedido en su periplo, agregó:
“Pero
hay otro olor que has traído de tus viajes y que permanece en tus
actos, un olor tosco a ignorancia, una especie de extraña fe en el
engaño, y ese olor nauseabundo no lo podrás tapar con ningún
perfume de los que crean los hombres”.
“Desde
hoy deberás buscar fuera de los muros de este monasterio y volver
cuando sepas apreciar, si no el intangible olor de la sabiduría, al
menos las esencias más dulces creadas por el ser humano: el respeto,
la fraternidad, y el amor hacia toda forma de vida.”
Nekovidal
– nekovidal@gmail.com
ARTES
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CIRCUNSTANCIAS
Ayer,
a media mañana, estaba dándome un baño en las aguas cristalinas de
octubre; hoy, a la misma hora aproximadamente, he salido a caminar
con el paraguas como compañía. Ahora, pasada la una de la tarde,
cae una lluvia que se prevé -solo se prevé- intensa en las próximas
horas.
Insisto
en el verbo porque, en realidad, nunca se sabe qué va a pasar. Se
futurizan los acontecimientos venideros basándose en hechos pasados
y, aunque es cierto que casi todo sigue una pauta y que es necesario
mantener la referencia para no perder comba, no es buena comida
instalarse en el síndrome del espejo retrovisor, esto es considerar
el futuro como un calco del pasado, sin dar a las circunstancias su
fuerza de mando
Yo,
ayer, es decir, a la vuelta de la esquina, tras disfrutar de ese
magnífico baño del que he hablado al principio, me despedí de las
personas del entorno playero con un «hasta mañana» que, hoy, no sé
si será pasado mañana, la próxima semana o… nunca.
Pero
si el síndrome del retrovisor no es bueno, tampoco lo es el de la
meta móvil, esa línea del horizonte que se aleja a cada paso que
damos; lo mejor, creo yo, es organizar un triángulo no equilátero
entre lo que fue, lo que pensamos que será y lo que las
circunstancias permitan, dejando siempre, pero siempre, siempre,
posibilidad de ajustar el tamaño de los lados a nuestras
capacidades.
Parece
sencillo. Por experiencia sé que no lo es. Toca salir de las
costumbres y ellas, como dice el refrán, se hacen leyes.
02/octubre/2026
– Vicki Blanco para «VOCESentreVOCES»
CIRCUNSTANCIAS
Bordeo
los límites de mis espacios
Por fuera y por dentro
Volteando
una nostalgia demasiado conocida
Como flores que esconden
misterios
Quiero
enmarcar sonidos, no palabras
Recordar el cuarto trasero donde
escondimos
Pobres descubrimientos que no encajaban
En un mundo
que alberga más miedos que esperanzas
Tentáculos
que presionan insecticidas
Nuevos mayas que celebran un
diciembre
Marcado por comunismos obsoletos
Y por pantanos
diseccionados de mentira
Quedarse
es siempre una opción segura
Torpedeada solo por preguntas
incómodas
Solo queremos navegar en canoas, ¿tan malo
es?
Inclinan sus cabezas bajo el peso de las dudas
Hurgan
en heridas propias y ajenas
Dromedarios con complejo de
camellos
Pavos plebeyos ansiando realeza
Vendidos por agentes
pasivos del mercado negro
Caminas
con calma, ya no de puntillas
Oteas el mundo desde un avión
transatlántico
Ya no quieres prevenirte de dagas ni cuchillas
Y
buscas un nuevo lugar para el pánico
Sara
Vi Ta

MICRORRELATOS,
AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.
¿Y
si estamos buscando mal la felicidad?
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Todos
queremos ser felices, pero pocas ideas resultan tan difíciles de
definir. Para algunas personas, la felicidad está en la calma;
para otras, en el reto, los vínculos, la libertad o el sentido.
La investigación psicológica apunta a que quizá el problema
empiece cuando intentamos reducirla a una única receta. Más que
perseguir un estado emocional permanente, puede ser más útil
entender qué ingredientes sostienen una vida satisfactoria y por
qué esos ingredientes no son iguales para todo el mundo.
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|
—
Pol
Bertran
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El
problema de la felicidad: por qué no existe una única forma de
llegar a ella
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La
felicidad es una de esas ideas que todo el mundo reconoce y casi
nadie define igual. Para algunas personas significa calma; para
otras, entusiasmo. Hay quien la encuentra en una familia estable,
quien necesita proyectos difíciles, quien la asocia con libertad
y quien la experimenta precisamente cuando deja de perseguirla de
forma consciente. El problema no es que unas estén equivocadas y
otras tengan razón. Es que la felicidad probablemente no
sea una única experiencia psicológica, sino una combinación
cambiante de placer, sentido, vínculo, autonomía y capacidad
para afrontar una vida que también contiene sufrimiento.
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Esa
diversidad explica por qué las recomendaciones universales sobre
cómo “ser feliz” suelen resultar insatisfactorias. La
gratitud puede ayudar a una persona y convertirse en una
obligación artificial para otra. Un gran proyecto profesional
puede aportar propósito en una etapa y agotamiento unos años
después. Incluso aquello que nos hacía felices a los veinte
puede tener poco que ver con lo que valoramos a los cuarenta. Tal
vez la pregunta más interesante, entonces, no sea cuál es la
receta de la felicidad, sino qué necesidades humanas aparecen una
y otra vez detrás de formas muy diferentes de vivirla.
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La
felicidad no siempre consiste en sentirse bien
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La
psicología lleva décadas diferenciando, con distintos modelos y
matices, entre al menos dos grandes maneras de entender el
bienestar. Una se aproxima a la felicidad desde lo hedónico:
experimentar emociones agradables, reducir el sufrimiento y sentir
satisfacción con la propia vida. La otra pone el foco en lo
eudaimónico: vivir de acuerdo con los propios valores, crecer,
encontrar sentido, construir vínculos y desarrollar nuestras
capacidades.
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La
distinción importa porque una vida valiosa no siempre resulta
agradable en el momento. Aprender una habilidad difícil puede
generar frustración. Criar hijos implica preocupación y
renuncias. Mantener una relación profunda exige conversaciones
incómodas. Entrenar para una meta deportiva puede significar
madrugar cuando preferiríamos seguir durmiendo. Sin embargo,
muchas de estas experiencias pueden acabar contribuyendo a una
sensación de plenitud mucho más estable que una sucesión de
pequeños placeres.
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Aquí
aparece uno de los errores más frecuentes de nuestra cultura del
bienestar: confundir felicidad con ausencia de emociones
desagradables. Una persona psicológicamente sana puede
sentirse triste, enfadada, insegura o frustrada y, aun así,
considerar que su vida merece la pena. De hecho, intentar eliminar
continuamente cualquier emoción negativa puede acabar
convirtiendo la propia felicidad en una fuente de ansiedad.
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La
investigación sobre regulación emocional ha mostrado
repetidamente que aceptar la presencia de emociones desagradables
suele ser más adaptativo que convertirlas inmediatamente en algo
que debemos corregir. Quizá una buena vida no sea aquella en la
que logramos permanecer felices, sino aquella en la que la
tristeza, el miedo o la decepción no nos impiden seguir
participando en aquello que consideramos importante.
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El
placer ayuda; tener algo hacia lo que avanzar también
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Existe
una razón por la que tantas personas describen sus aficiones,
profesiones o proyectos como fuentes importantes de bienestar. Los
seres humanos no solo disfrutamos alcanzando objetivos: también
podemos obtener satisfacción del proceso de perseguirlos.
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Cuando
una actividad exige suficiente esfuerzo como para mantenernos
concentrados, pero no tanto como para resultar imposible, puede
aparecer lo que la psicología conoce como estado de flow:
una experiencia de absorción en la que disminuye la conciencia
del tiempo y de uno mismo. Puede ocurrir pintando, programando,
escalando, tocando un instrumento, practicando un deporte o
resolviendo un problema complejo. Lo relevante no es tanto qué
actividad realizamos como la combinación de desafío, competencia
y atención sostenida.
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Hay
además algo profundamente protector en ser principiante durante
mucho tiempo. Tener una actividad que nunca terminamos de dominar
nos obliga a convivir con el error, mantiene abierta la curiosidad
y desplaza temporalmente la atención fuera de nosotros mismos. En
una cultura obsesionada con optimizar cada minuto, quizá hacer
algo simplemente porque nos interesa y porque siempre queda algo
nuevo que aprender sea una forma infravalorada de bienestar.
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Esto
ayuda también a entender por qué la jubilación, alcanzar una
gran meta profesional o conseguir aquello que llevábamos años
deseando no garantiza necesariamente una felicidad permanente.
Adaptamos nuestras expectativas con enorme rapidez. Lo
extraordinario termina volviéndose cotidiano. Por eso, muchas
fuentes de bienestar funcionan mejor cuando no son únicamente
destinos, sino procesos que siguen generando retos, relaciones y
experiencias nuevas.
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Casi
todos los caminos terminan pasando por otras personas
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Podemos
imaginar muchas vidas felices diferentes, pero es difícil
encontrar modelos de bienestar humano en los que las relaciones no
ocupen un lugar central. Décadas de investigación longitudinal
han asociado los vínculos sociales de calidad con mayor bienestar
psicológico y físico. Pero tampoco aquí importa simplemente
“tener gente alrededor”. Lo relevante es sentir que
pertenecemos a algún lugar, que podemos confiar en determinadas
personas y que nuestra existencia importa para alguien más.
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Parte
de la paradoja de la felicidad es que pensar demasiado en
nuestra propia felicidad puede alejarnos de ella. Cuando la
atención está permanentemente dirigida a evaluar si estamos
suficientemente satisfechos, realizados o felices, cada
experiencia se convierte en una especie de examen. En cambio,
cuidar a un amigo, participar en una comunidad, criar a un hijo o
trabajar por algo que consideramos valioso desplaza
momentáneamente la pregunta “¿cómo me siento yo?” hacia
“¿qué estoy haciendo con otros?”.
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Eso
no significa vivir únicamente para los demás ni convertir el
sacrificio en virtud. La autonomía también forma parte del
bienestar. Sentir que podemos tomar decisiones coherentes con
nuestros valores, asumir responsabilidad sobre nuestra vida y
mantener límites saludables es igualmente importante. Quizá la
tensión entre pertenencia y libertad sea una de las grandes
tareas psicológicas de la adultez: necesitamos a otras
personas sin dejar de sentir que nuestra vida sigue siendo
nuestra.
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Y
ahí las comparaciones pueden convertirse en una trampa. Si existe
más de un camino hacia el bienestar, utilizar la vida ajena como
medida de nuestra felicidad tiene poco sentido. Lo que para
alguien representa libertad (viajar continuamente, por ejemplo)
puede producir inseguridad en otra persona que valora
profundamente la estabilidad. El problema no es desear cosas
diferentes; es asumir que deberíamos desear aquello que parece
hacer feliz a los demás.
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Tal
vez la felicidad necesite un poco de oscuridad
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Existe
una intuición paradójica que aparece tanto en la filosofía como
en la psicología: aceptar que la vida incluye pérdida,
incertidumbre y límites puede hacer que determinadas experiencias
positivas resulten más valiosas, no menos.
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Esto
no significa romantizar el sufrimiento. El trauma no es una
herramienta de crecimiento ni existe para enseñarnos una lección.
Muchas experiencias dolorosas dejan consecuencias profundas y
duraderas. Pero reconocer la fragilidad de las cosas que
valoramos puede modificar nuestra manera de relacionarnos con
ellas.
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Sabemos
que las relaciones terminan, las etapas cambian, el cuerpo
envejece y muchas de las cosas que hoy forman nuestro mundo
desaparecerán algún día. Podemos intentar mantener esa realidad
fuera de nuestra conciencia o utilizarla como recordatorio de que
precisamente por ser temporales ciertas experiencias importan.
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Quizá
por eso algunas personas encuentran bienestar no intentando
construir una vida permanentemente feliz, sino desarrollando la
capacidad de estar presentes en una vida inevitablemente
imperfecta. Disfrutar cuando toca disfrutar, tolerar cuando toca
esperar, pedir ayuda cuando algo nos supera y conservar suficiente
curiosidad, humor y juego como para que todo no se convierta en un
proyecto de mejora personal.
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La
felicidad no parece tener una llave maestra. Hay puertas que se
abren mediante las relaciones, otras mediante el desafío, la
autonomía, el sentido, el cuerpo, la gratitud o simplemente el
placer de hacer algo absurdo porque nos divierte.
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Y
probablemente esa sea una buena noticia. Si no existe una
única manera correcta de ser feliz, tampoco tenemos por qué
vivir intentando copiar la felicidad de otra persona.
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FUENTE: PSICOLOGÍA Y MENTE
https://psicologiaymente.com/?utm_source=newsletter&_bhlid=0cab18b67f194c410e2526166e15e766760fd16c