jueves, 15 de octubre de 2026

 VOCES entre VOCES

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LA PRIMERA VÍCTIMA DE LA GUERRA ES SIEMPRE LA VERDAD.


"Situación anómala", de Jorge Medina 


Vidal (Uruguay, 1925-2008)


Amar es vivir despreocupado. Punto.


Es una posibilidad que debió ser jueves o explosión

o sonido de una guitarra que el luthier

nunca se atrevió a construir. Punto.


Situación anómala que todos confunden con Felicidad

y se enorgullecen al descubrirla entre sus amistades.


Puede ser un gato que en las estrecheces de los

hogares modernos repasa las masacres

de sus abuelas ENTRE LOS HELECHOS GIGANTES

Y LOS DINOSAURIOS.


Siempre está perdido en el sueño próximo

al delta pantanoso.


Basta que toque un rayo de luz en su plumaje

para que surja Amor,

como una novia etíope de su blanca litera.


Los raquíticos no saben del amor.

Entonces sí, corresponde: Punto.


Jorge Medina Vidal, incluido en Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000) (Galaxia Gutenberg Círculo de lectores, Barcelona, 2002, selec. de Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, Blanca Varela y José Ángel Valente).


Otros poemas de Jorge Medina Vidal

Historia de amor, Mi mano ha visto

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TEMAS TERTULIA 16-10-2026

EMERGENTES

CON SIN RAZÓN

MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.

Colaboración gráfica: Victoria Blanco.


TEXTOS TERTULIA 9-10-2026

HUECOS Y ESPACIOS

PENSANDO

MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.


 HUECOS Y ESPACIOS

No en pocas ocasiones utilizamos como sinónimos palabras que, en realidad, no lo son y cuya diferencia se debe a un pequeño matiz. Es lo que ocurre con hueco y espacio.

Mientras que el hueco no es más que un intervalo de tiempo o lugar disponible, el espacio es una extensión en la que suceden fenómenos. Te invito a recordar, por ejemplo, las veces que te hiciste hueco a empujones en el metro y, sin embargo, no sentiste tener espacio.

Extrapolado a las relaciones humanas, no me negarás que no es igual que te dejen hueco en un grupo a que un grupo te dé espacio. La diferencia estriba en que lo primero es una especie de concesión, un favor, una acción con la que, aunque no hayas firmado contrato alguno, adquieres una deuda; el segundo, el espacio, es una actitud de apertura hacia lo que eres, lo que puedes aportar y lo que puedes recibir, un intercambio que permite el anclaje mutuo a las emociones más nobles del ser humano.

Me resulta muy difícil expresar este matiz con palabras, por eso lo dejo aquí, para que tú, si quieres, formes un mix con el ejemplo del metro y la desagradable sensación que te produjo esa invitación hecha de aquella manera.

Estoy segura de que encontrarás la diferencia.

11/octubre/2026 – Vicki Blanco para «VOCESentreVOCES»

Imagen: Cuéntame cómo era Madrid (Facebook)


PENSANDO

La luz se balancea rítmicamente en un extraño e interminable baile sensual.

Desde la ventana, acuden a la llamada de la curiosidad todas las respuestas sin nombre.

La pequeña araña, que había tejido su tela en un rincón dos semanas antes, parece dudar ante lo evidentemente previsible.

Las suaves sinuosidades de las paredes acarician la vista con cada curva, con cada sombra.

El suelo, conjunto interminable de fragmentos abrazados por una simetría contestataria, se muestra como un mapa preciso de las cinco galaxias más cercanas.

El blanco inmaculado de la loza del baño parece retar a todos los demás colores.

Cada rincón de la habitación, creando mágicamente un espacio tridimensional, tiene su propia leyenda, y es a la vez cobijo e invitación a la vida.


Una diminuta y nerviosa hormiga corre por mi cuello hace un rato, pero no me creo con derecho a señalarle su camino ni a decidir su destino.

Mis manos acarician mis hombros negándose a separarse de ellos.

Yo sé que soy, pero no sé muy bien cómo ni para qué . . .


El doctor Rivas entró en la habitación de paredes acolchadas y dirigiéndose al joven que miraba indiferente el chaleco que le impedía todo movimiento, preguntó:


“¿Cómo estás hoy, Raúl?”


“Lo estoy pensando . . .”

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PENSANDO

Entre allá, donde habitan las vergüenzas olvidadas
Y acá, en el limbo entre la vida y el sueño
Donde llegan palabras de ciudades que no se habrán de volver a pisar
Donde cada noche no es solo un día menos

Yace un cuenco invertido con luciérnagas en su interior
Que simulan sin pretenderlo un río en el firmamento
Vehiculizan misterios divinos en un rosa que se ve gris
A los ojos de copos de avena que indagan hacia el sol

La cultura espacial en el espacio cultural
De las pirámides no egipcias ni parisinas
Nos aseguran un techo en un futuro singular
Desenvolvamos regalos en estos cercos de agua

Mojamos kiwis de calcetines modernos
Pasan trenes sin saber si son los que esperamos
Inhalamos clavos de algodón para huir
Mientras no deja de nevar sobre lo helado

Sara Vi Ta

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PENSANDO

Las ovejas negras

cuentan lobos para dormir.

Una historia no deja que los lobos sean buenos

¿ Cómo se baila cuando te cantan las cuarenta. ?

... soy inocente de la muela del juicio ;

para ser justo; alma de cántaro, no te tapes los ojos.

Se acabará el frío, con la justicia

de un descomunal abrazo .

Pepín Espinosa



MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.

30 minutos para mantener el cerebro joven: la sencilla rutina que estudia la ciencia

 Una rutina sorprendentemente básica se ha asociado con mejoras cognitivas en adultos mayores. Pero hay un detalle importante detrás del resultado 


 

Cuidar el cerebro al envejecer quizá no requiera siempre aplicaciones, juegos especializados o ejercicios sofisticados. Un estudio con adultos mayores ha puesto a prueba una rutina de apenas 30 minutos diarios basada en tres actividades de toda la vida: leer, escribir y calcular. Después de 12 semanas, los participantes obtuvieron mejores resultados en algunas medidas cognitivas, especialmente de memoria. El efecto fue modesto y el estudio tiene limitaciones, pero plantea una pregunta interesante: ¿estamos complicando demasiado el entrenamiento cerebral?

— Pol Bertran


 

 

Media hora al día para cuidar la memoria

Cuando hablamos de mantener el cerebro en forma durante el envejecimiento, es fácil imaginar aplicaciones de entrenamiento cognitivo, complejos ejercicios de memoria o actividades diseñadas específicamente para estimular determinadas capacidades. Sin embargo, una nueva investigación ha puesto a prueba una estrategia mucho más sencilla: leer en voz alta, escribir a mano y resolver operaciones matemáticas básicas durante media hora al día.

El programa, denominado StrongerMemory, fue probado durante 12 semanas en 102 adultos mayores de 59 años que habían percibido cierto deterioro en su memoria, pero que no contaban con un diagnóstico formal de demencia. Al terminar la intervención, los participantes mostraron una pequeña pero estadísticamente significativa mejora en una prueba objetiva de funcionamiento cognitivo, especialmente en la capacidad para recordar información. También mejoró ligeramente su propia percepción sobre cómo estaba funcionando su memoria.

Los resultados no permiten afirmar que esta rutina prevenga la demencia ni que pueda detener el deterioro cognitivo. El estudio ni siquiera contó con un grupo de control. Pero sí plantea una posibilidad interesante: quizá mantener determinadas capacidades durante el envejecimiento no requiera necesariamente ejercicios sofisticados. A veces, actividades cognitivamente exigentes que llevan siglos entre nosotros pueden ofrecer al cerebro exactamente lo que necesita: seguir trabajando.

 Leer, escribir y calcular: tres tareas sencillas que no lo son tanto

La rutina propuesta por StrongerMemory parece casi demasiado básica. Cada día, los participantes dedicaban 10 minutos a leer en voz alta, otros 10 a escribir a mano y 10 más a resolver problemas matemáticos sencillos. En total, media hora. Además, podían elegir qué leer y sobre qué escribir, haciendo que la actividad resultara más fácil de integrar en sus intereses y en su vida cotidiana.

Pero que una tarea sea sencilla no significa que cognitivamente sea pobre. Leer en voz alta, por ejemplo, obliga a coordinar simultáneamente distintos procesos. Los ojos reconocen símbolos, el cerebro interpreta palabras y construye significado, mientras los sistemas relacionados con el lenguaje transforman ese contenido en habla. Al mismo tiempo, escuchamos nuestra propia voz y mantenemos la atención sobre el texto. Es bastante más complejo que recibir información pasivamente.

La escritura manual añade otro componente. Para escribir una frase debemos decidir qué queremos expresar, recuperar palabras, estructurar pensamientos y convertirlos en movimientos precisos de la mano. Los ejercicios matemáticos, por su parte, exigen mantener información durante unos segundos, concentrarse y aplicar reglas para alcanzar una solución. En el programa se utilizaron operaciones deliberadamente sencillas: el objetivo no era poner a prueba los conocimientos matemáticos de los participantes, sino generar un desafío mental manejable que pudiera repetirse diariamente sin convertirse en una fuente de frustración.

Ahí reside uno de los aspectos interesantes de la intervención. En lugar de entrenar exclusivamente la memoria, combina lenguaje, atención, razonamiento, coordinación motora y recuperación de información. Es una aproximación multimodal que se parece más a las demandas cognitivas de la vida cotidiana que muchos ejercicios centrados en una única capacidad.

 La idea de construir una “reserva” para el cerebro

El estudio conecta con un concepto importante en la investigación sobre envejecimiento: la reserva cognitiva. Simplificando mucho, dos personas pueden presentar cambios cerebrales similares asociados a la edad y, sin embargo, mostrar niveles muy diferentes de funcionamiento. Una posible explicación es que determinadas experiencias acumuladas durante la vida (educación, actividad intelectual, relaciones sociales o tareas mentalmente exigentes) ayudan al cerebro a afrontar mejor ciertos cambios.

Esto no significa que hacer sudokus, leer libros o aprender idiomas nos vuelva inmunes a una enfermedad neurodegenerativa. La idea es más modesta: mantener una vida cognitivamente activa podría proporcionar más recursos para compensar parcialmente algunos cambios relacionados con la edad.

En StrongerMemory, los investigadores estaban interesados especialmente en estimular funciones relacionadas con la corteza prefrontal, una región fundamental para mantener la atención, recuperar recuerdos, organizar conductas y resolver problemas. Tras las 12 semanas, la puntuación media en el Mini Montreal Cognitive Assessment pasó de 12,73 a 13,26 puntos sobre 15. La diferencia es pequeña, pero estadísticamente significativa. Más concretamente, la mejora estuvo impulsada principalmente por la capacidad de recuerdo, cuya puntuación media pasó de 3,44 a 3,92.

Los participantes también respondieron a preguntas sobre cómo percibían su propia memoria. En uno de los ítems que evaluaba el deterioro percibido durante el último año se observó igualmente una mejora después de la intervención. Tenemos, por tanto, dos señales que apuntan en una dirección similar: un cambio en una prueba cognitiva y otro en la percepción subjetiva de la propia memoria. Pero eso todavía está lejos de demostrar que el programa modifique realmente la trayectoria del envejecimiento cerebral.

 El entorno también parece importar

Uno de los resultados más curiosos apareció cuando los investigadores observaron dónde vivían los participantes. Las personas que permanecían en la comunidad obtuvieron mejores resultados cognitivos después de la intervención que quienes residían en comunidades de atención continuada, incluso después de ajustar estadísticamente algunas diferencias iniciales.

El estudio no permite saber por qué ocurrió esto, pero abre una cuestión especialmente interesante: entrenar el cerebro quizá no dependa únicamente del ejercicio cognitivo que realizamos durante media hora, sino también de lo que ocurre durante las otras 23 horas y media.

Vivir de manera independiente suele exigir resolver pequeños problemas continuamente: organizar compras, preparar comidas, gestionar horarios, desplazarse, recordar obligaciones o tomar decisiones domésticas. Un entorno donde muchas de esas necesidades están estructuradas o resueltas puede plantear demandas diferentes. También podrían intervenir la actividad física, las relaciones sociales, el estado de salud o numerosas variables que este estudio no permite separar.

Precisamente por eso, los autores consideran que las diferencias entre entornos merecen investigarse con mayor profundidad. El envejecimiento cognitivo no ocurre dentro de un laboratorio. Ocurre dentro de una vida, y el contexto en el que vivimos puede ser tan relevante como cualquier ejercicio concreto.

 Una señal interesante, no una receta contra la demencia

Hay una limitación fundamental que impide sacar conclusiones demasiado ambiciosas: el estudio fue cuasiexperimental y no contó con un grupo de control. Todos los participantes realizaron StrongerMemory. Por tanto, no sabemos qué habría ocurrido durante esas mismas 12 semanas en personas similares que no hubieran seguido la rutina.

También existían encuentros semanales para comprobar la adherencia. Esa atención, la motivación generada por participar en una investigación o el componente social podrían haber influido en los resultados. Incluso repetir una prueba cognitiva puede hacer que una persona se familiarice con ella y obtenga posteriormente una puntuación algo mejor.

Además, el cambio observado fue modesto. Mejorar unas décimas en una prueba de cribado no implica necesariamente desenvolverse mejor en tareas complejas de la vida diaria, y mucho menos demuestra una reducción del riesgo de Alzheimer u otras demencias.

Aun así, StrongerMemory tiene una característica difícil de ignorar: prácticamente cualquiera puede reproducir sus actividades sin comprar dispositivos, pagar suscripciones ni aprender sistemas complicados. Leer, escribir y calcular son ejercicios baratos, personalizables y accesibles para muchas personas.

Quizá la lección más interesante del estudio no sea que exista una rutina mágica de 30 minutos para conservar la memoria. Es algo bastante más sencillo: nuestro cerebro envejece con nosotros, pero eso no significa que debamos dejar de exigirle. Mantenerlo activo puede consistir también en seguir haciendo aquello que siempre ha sabido hacer: leer, escribir, resolver problemas y enfrentarse cada día a pequeñas dosis de dificultad.


FUENTE: PSICOLOGÍA Y MENTE







domingo, 4 de octubre de 2026

 VOCES entre VOCES

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LA PRIMERA VÍCTIMA DE LA GUERRA ES SIEMPRE LA VERDAD.


"Libertad IV", de Andrée Chedid (Egipto, 1920-2011)


La piel mineral de los tiranos

Envuelve el espacio

Alisa sus escamas

Sobre las ciudades avaras de puertas

Sobre las bocas enyesadas


Sin embargo

                    más desnuda que la hierba

                    y preñada de primavera

LA VIDA


Trama a lo lejos la debacle de los ídolos

Reanima el destello del agua

Sobre las tinieblas de la sangre

.............................................................................

Sin embargo

                    más desnuda que rayo

                    cargado de albas y de soplos

LA VIDA


Denuncia los festines del miedo

Condena las noches en arma

Y nombra

                    para estremecer de dulzura

                    todos nuestros claros inconfesados


Nombra la palabra abierta.

¡Respira!

Respira ya en cada uno.


Andrée Chedid, incluido en Diwan africano. Poetas de expresión francesa (Editorial Arte y literatura, La Habana, 1988, selec. y trad. de Rogelio Martínez Furé).


Otros poemas de Andrée Chedid

Comunicado (II), Discordancias, El aparte, Vivir

FUENTE: https://franciscocenamor.blogspot.com/



TEMAS TERTULIA 9-10-2026

HUECOS Y ESPACIOS

PENSANDO

MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.

Colaboración gráfica: Victoria Blanco.



TEXTOS TERTULIA 2-10-2026

OLORES Y PERFUMES.

CIRCUNSTANCIAS.

MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.



OLORES Y PERFUMES

Cuenta la leyenda que en aquel reino, del que hoy sólo quedan restos de alguna muralla en otro tiempo inexpugnable, cierto rey, tras reunir en una colección todos los perfumes que los mortales habían creado, oyó hablar de una esencia destilada por los dioses, de la que se decía que era el verdadero olor de la sabiduría, el olor que concedía a quien lo captara la posibilidad de conocer todas las respuestas a todas las preguntas. Obsesionado con su nuevo propósito, redactó el rey un bando ofreciendo poder y fortuna a quien lo encontrara y llevara a su presencia.

Entre los tentados por la oferta se encontraba un joven y ambicioso monje, que se presentó ante su maestro a fin de solicitar su permiso y bendición para la empresa que se había propuesto iniciar.

El monje expuso las que decía eran las razones que le impulsaban a emprender el viaje: dinero para restaurar el viejo monasterio y alimentos para los peregrinos que cada día acudían a sus puertas. Nada dijo del reconocimiento y poder personal que esperaba conseguir.

El maestro, conocedor de la naturaleza humana, le dejó partir, sustituyendo su bendición por un consejo: “Cuidate de no acabar buscando cuanto ya tienes, exponiéndote a perderlo en el camino”.

El joven monje partió exultante, creyendo que las palabras del maestro eran un elogio hacia su persona.

Como todos los demás hombres que salieron en busca de la mágica esencia, el monje pasó mil penurias, tomó mil caminos errados y pensó en desistir en varias ocasiones.

Cierto día, tras una larga marcha, se encontraba descansando a la sombra de unos sauces, cuando se le acercó un anciano que, tendiéndole un pequeño recipiente, le dijo: “Sé lo que buscas. Es esto, tómalo.”

Asombrado, el monje abrió el frasco con la intención de oler inmediatamente la esencia que muy posiblemente transformarían en insignificantes todas las recompensas ofrecidas por el rey, pues poseyendo sabiduría tendría, entre otras muchas cosas, una enorme fortuna. Comprobó decepcionado que dentro del recipiente no había nada, y a nada olía su interior. Se sintió engañado, a pesar de haber sido un regalo, pero el suceso le dió base para crear una fábula que le sirviera de disculpa ante su maestro por abandonar una búsqueda que ya creía baldía.

Regresó a su monasterio y fingiendo alegría al presentarse ante su mentor, le narró lo sucedido, pero omitiendo que ya había abierto el frasco.


 
“Abrámoslo, maestro, y seremos los hombres más sabios del mundo”, dijo, al tiempo que quitaba el tapón sin esperar la respuesta.

Aparentando sorpresa tendió a su maestro el pequeño frasco: “No hay nada ...” dijo.


“Luego has conseguido tu objetivo, ése es el verdadero olor de la sabiduría”, respondió el anciano.

El monje, sorprendido ante la respuesta, esperó boquiabierto la explicación del anciano:

“La esencia de la sabiduría ha de ser por todos admitida como tal, y sólo será posible si coincide con un concepto en que todos coincidan, y sólo en la nada coinciden las personas, que guardan en su naturaleza la paradoja de ser iguales pero irrepetibles, idénticas en su esencia pero únicas en sus vivencias. El olor de la sabiduría ha de ser un aroma que evite el juicio, pues habiendo juicio hay prejuicio, y ambos conducen al dolor”.

Y prosiguió: “Ha de saber, pero no ha de juzgar, ha de enseñar sin reprender, ha de amar sin condición, ha de estar en todo pero no ser nada, siendo así eterno . . . Por todo ello sólo en la ausencia de olor se puede encontrar el perfume perfecto, la esencia de la sabiduría . . .”


Y leyendo en la sorprendida mirada del alumno cuanto realmente había sucedido en su periplo, agregó:

“Pero hay otro olor que has traído de tus viajes y que permanece en tus actos, un olor tosco a ignorancia, una especie de extraña fe en el engaño, y ese olor nauseabundo no lo podrás tapar con ningún perfume de los que crean los hombres”.

“Desde hoy deberás buscar fuera de los muros de este monasterio y volver cuando sepas apreciar, si no el intangible olor de la sabiduría, al menos las esencias más dulces creadas por el ser humano: el respeto, la fraternidad, y el amor hacia toda forma de vida.”

Nekovidal – nekovidal@gmail.com

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CIRCUNSTANCIAS


Ayer, a media mañana, estaba dándome un baño en las aguas cristalinas de octubre; hoy, a la misma hora aproximadamente, he salido a caminar con el paraguas como compañía. Ahora, pasada la una de la tarde, cae una lluvia que se prevé -solo se prevé- intensa en las próximas horas.

Insisto en el verbo porque, en realidad, nunca se sabe qué va a pasar. Se futurizan los acontecimientos venideros basándose en hechos pasados y, aunque es cierto que casi todo sigue una pauta y que es necesario mantener la referencia para no perder comba, no es buena comida instalarse en el síndrome del espejo retrovisor, esto es considerar el futuro como un calco del pasado, sin dar a las circunstancias su fuerza de mando

Yo, ayer, es decir, a la vuelta de la esquina, tras disfrutar de ese magnífico baño del que he hablado al principio, me despedí de las personas del entorno playero con un «hasta mañana» que, hoy, no sé si será pasado mañana, la próxima semana o… nunca.

Pero si el síndrome del retrovisor no es bueno, tampoco lo es el de la meta móvil, esa línea del horizonte que se aleja a cada paso que damos; lo mejor, creo yo, es organizar un triángulo no equilátero entre lo que fue, lo que pensamos que será y lo que las circunstancias permitan, dejando siempre, pero siempre, siempre, posibilidad de ajustar el tamaño de los lados a nuestras capacidades.

Parece sencillo. Por experiencia sé que no lo es. Toca salir de las costumbres y ellas, como dice el refrán, se hacen leyes.

02/octubre/2026 – Vicki Blanco para «VOCESentreVOCES»



CIRCUNSTANCIAS

Bordeo los límites de mis espacios

Por fuera y por dentro
Volteando una nostalgia demasiado conocida
Como flores que esconden misterios

Quiero enmarcar sonidos, no palabras
Recordar el cuarto trasero donde escondimos
Pobres descubrimientos que no encajaban
En un mundo que alberga más miedos que esperanzas

Tentáculos que presionan insecticidas
Nuevos mayas que celebran un diciembre
Marcado por comunismos obsoletos
Y por pantanos diseccionados de mentira

Quedarse es siempre una opción segura
Torpedeada solo por preguntas incómodas
Solo queremos navegar en canoas, ¿tan malo es?
Inclinan sus cabezas bajo el peso de las dudas

Hurgan en heridas propias y ajenas
Dromedarios con complejo de camellos
Pavos plebeyos ansiando realeza
Vendidos por agentes pasivos del mercado negro

Caminas con calma, ya no de puntillas
Oteas el mundo desde un avión transatlántico
Ya no quieres prevenirte de dagas ni cuchillas
Y buscas un nuevo lugar para el pánico

Sara Vi Ta

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MICRORRELATOS, AFORISMOS Y OTRAS COSAS DE LOS PAPALAGUI.

¿Y si estamos buscando mal la felicidad?

Todos queremos ser felices, pero pocas ideas resultan tan difíciles de definir. Para algunas personas, la felicidad está en la calma; para otras, en el reto, los vínculos, la libertad o el sentido. La investigación psicológica apunta a que quizá el problema empiece cuando intentamos reducirla a una única receta. Más que perseguir un estado emocional permanente, puede ser más útil entender qué ingredientes sostienen una vida satisfactoria y por qué esos ingredientes no son iguales para todo el mundo. 

— Pol Bertran


El problema de la felicidad: por qué no existe una única forma de llegar a ella

La felicidad es una de esas ideas que todo el mundo reconoce y casi nadie define igual. Para algunas personas significa calma; para otras, entusiasmo. Hay quien la encuentra en una familia estable, quien necesita proyectos difíciles, quien la asocia con libertad y quien la experimenta precisamente cuando deja de perseguirla de forma consciente. El problema no es que unas estén equivocadas y otras tengan razón. Es que la felicidad probablemente no sea una única experiencia psicológica, sino una combinación cambiante de placer, sentido, vínculo, autonomía y capacidad para afrontar una vida que también contiene sufrimiento.

Esa diversidad explica por qué las recomendaciones universales sobre cómo “ser feliz” suelen resultar insatisfactorias. La gratitud puede ayudar a una persona y convertirse en una obligación artificial para otra. Un gran proyecto profesional puede aportar propósito en una etapa y agotamiento unos años después. Incluso aquello que nos hacía felices a los veinte puede tener poco que ver con lo que valoramos a los cuarenta. Tal vez la pregunta más interesante, entonces, no sea cuál es la receta de la felicidad, sino qué necesidades humanas aparecen una y otra vez detrás de formas muy diferentes de vivirla.

 La felicidad no siempre consiste en sentirse bien

La psicología lleva décadas diferenciando, con distintos modelos y matices, entre al menos dos grandes maneras de entender el bienestar. Una se aproxima a la felicidad desde lo hedónico: experimentar emociones agradables, reducir el sufrimiento y sentir satisfacción con la propia vida. La otra pone el foco en lo eudaimónico: vivir de acuerdo con los propios valores, crecer, encontrar sentido, construir vínculos y desarrollar nuestras capacidades.

La distinción importa porque una vida valiosa no siempre resulta agradable en el momento. Aprender una habilidad difícil puede generar frustración. Criar hijos implica preocupación y renuncias. Mantener una relación profunda exige conversaciones incómodas. Entrenar para una meta deportiva puede significar madrugar cuando preferiríamos seguir durmiendo. Sin embargo, muchas de estas experiencias pueden acabar contribuyendo a una sensación de plenitud mucho más estable que una sucesión de pequeños placeres.

Aquí aparece uno de los errores más frecuentes de nuestra cultura del bienestar: confundir felicidad con ausencia de emociones desagradables. Una persona psicológicamente sana puede sentirse triste, enfadada, insegura o frustrada y, aun así, considerar que su vida merece la pena. De hecho, intentar eliminar continuamente cualquier emoción negativa puede acabar convirtiendo la propia felicidad en una fuente de ansiedad.

La investigación sobre regulación emocional ha mostrado repetidamente que aceptar la presencia de emociones desagradables suele ser más adaptativo que convertirlas inmediatamente en algo que debemos corregir. Quizá una buena vida no sea aquella en la que logramos permanecer felices, sino aquella en la que la tristeza, el miedo o la decepción no nos impiden seguir participando en aquello que consideramos importante.

 El placer ayuda; tener algo hacia lo que avanzar también

Existe una razón por la que tantas personas describen sus aficiones, profesiones o proyectos como fuentes importantes de bienestar. Los seres humanos no solo disfrutamos alcanzando objetivos: también podemos obtener satisfacción del proceso de perseguirlos.

Cuando una actividad exige suficiente esfuerzo como para mantenernos concentrados, pero no tanto como para resultar imposible, puede aparecer lo que la psicología conoce como estado de flow: una experiencia de absorción en la que disminuye la conciencia del tiempo y de uno mismo. Puede ocurrir pintando, programando, escalando, tocando un instrumento, practicando un deporte o resolviendo un problema complejo. Lo relevante no es tanto qué actividad realizamos como la combinación de desafío, competencia y atención sostenida.

Hay además algo profundamente protector en ser principiante durante mucho tiempo. Tener una actividad que nunca terminamos de dominar nos obliga a convivir con el error, mantiene abierta la curiosidad y desplaza temporalmente la atención fuera de nosotros mismos. En una cultura obsesionada con optimizar cada minuto, quizá hacer algo simplemente porque nos interesa y porque siempre queda algo nuevo que aprender sea una forma infravalorada de bienestar.

Esto ayuda también a entender por qué la jubilación, alcanzar una gran meta profesional o conseguir aquello que llevábamos años deseando no garantiza necesariamente una felicidad permanente. Adaptamos nuestras expectativas con enorme rapidez. Lo extraordinario termina volviéndose cotidiano. Por eso, muchas fuentes de bienestar funcionan mejor cuando no son únicamente destinos, sino procesos que siguen generando retos, relaciones y experiencias nuevas.

 Casi todos los caminos terminan pasando por otras personas

Podemos imaginar muchas vidas felices diferentes, pero es difícil encontrar modelos de bienestar humano en los que las relaciones no ocupen un lugar central. Décadas de investigación longitudinal han asociado los vínculos sociales de calidad con mayor bienestar psicológico y físico. Pero tampoco aquí importa simplemente “tener gente alrededor”. Lo relevante es sentir que pertenecemos a algún lugar, que podemos confiar en determinadas personas y que nuestra existencia importa para alguien más.

Parte de la paradoja de la felicidad es que pensar demasiado en nuestra propia felicidad puede alejarnos de ella. Cuando la atención está permanentemente dirigida a evaluar si estamos suficientemente satisfechos, realizados o felices, cada experiencia se convierte en una especie de examen. En cambio, cuidar a un amigo, participar en una comunidad, criar a un hijo o trabajar por algo que consideramos valioso desplaza momentáneamente la pregunta “¿cómo me siento yo?” hacia “¿qué estoy haciendo con otros?”.

Eso no significa vivir únicamente para los demás ni convertir el sacrificio en virtud. La autonomía también forma parte del bienestar. Sentir que podemos tomar decisiones coherentes con nuestros valores, asumir responsabilidad sobre nuestra vida y mantener límites saludables es igualmente importante. Quizá la tensión entre pertenencia y libertad sea una de las grandes tareas psicológicas de la adultez: necesitamos a otras personas sin dejar de sentir que nuestra vida sigue siendo nuestra.

Y ahí las comparaciones pueden convertirse en una trampa. Si existe más de un camino hacia el bienestar, utilizar la vida ajena como medida de nuestra felicidad tiene poco sentido. Lo que para alguien representa libertad (viajar continuamente, por ejemplo) puede producir inseguridad en otra persona que valora profundamente la estabilidad. El problema no es desear cosas diferentes; es asumir que deberíamos desear aquello que parece hacer feliz a los demás.

 Tal vez la felicidad necesite un poco de oscuridad

Existe una intuición paradójica que aparece tanto en la filosofía como en la psicología: aceptar que la vida incluye pérdida, incertidumbre y límites puede hacer que determinadas experiencias positivas resulten más valiosas, no menos.

Esto no significa romantizar el sufrimiento. El trauma no es una herramienta de crecimiento ni existe para enseñarnos una lección. Muchas experiencias dolorosas dejan consecuencias profundas y duraderas. Pero reconocer la fragilidad de las cosas que valoramos puede modificar nuestra manera de relacionarnos con ellas.

Sabemos que las relaciones terminan, las etapas cambian, el cuerpo envejece y muchas de las cosas que hoy forman nuestro mundo desaparecerán algún día. Podemos intentar mantener esa realidad fuera de nuestra conciencia o utilizarla como recordatorio de que precisamente por ser temporales ciertas experiencias importan.

Quizá por eso algunas personas encuentran bienestar no intentando construir una vida permanentemente feliz, sino desarrollando la capacidad de estar presentes en una vida inevitablemente imperfecta. Disfrutar cuando toca disfrutar, tolerar cuando toca esperar, pedir ayuda cuando algo nos supera y conservar suficiente curiosidad, humor y juego como para que todo no se convierta en un proyecto de mejora personal.

La felicidad no parece tener una llave maestra. Hay puertas que se abren mediante las relaciones, otras mediante el desafío, la autonomía, el sentido, el cuerpo, la gratitud o simplemente el placer de hacer algo absurdo porque nos divierte.

Y probablemente esa sea una buena noticia. Si no existe una única manera correcta de ser feliz, tampoco tenemos por qué vivir intentando copiar la felicidad de otra persona.

FUENTE: PSICOLOGÍA Y MENTE

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